Ernesto Aparicio

ERNESTO APARICIO

 

Pretender glosar aquí en estas líneas las excelencias de toda su trayectoria deportiva sería tarea imposible.

En aquellas lejanas fechas de la década de los cincuenta concretamente en el año 1954, la entidad amarilla presidida por Eufemiano Fuentes decide incorporar a un prometedor jugador de la Isleta aún en edad juvenil a su recién creado club filial Unión Atlético, equipo que había nacido como puente o nexo entre el juvenil fundado años antes por Juan Obiol Pons y el primer equipo de la U.D. Las Palmas.

Presidida, a la sazón, todo el organigrama de filiales Fernando Navarro Valle siendo elegido entrenador por unanimidad Carmelo Campos Salamanca, toda una institución en el club insular.

A partir de la inolvidable fecha de su debut – 28 de diciembre de 1958- en el legendario campo del Metropolitano ante el Atlético de Madrid formando ese día la retaguardia amarilla con Pepín, Aparicio, Beltrán y Marcial.

Hasta el día que causó baja como capitán de nuestro equipo un gélido y triste día de invierno del mes de febrero de 1970 durante el reinado de Luis Molowny – año del Subcampeonato de Liga- demostrando ser un defensa de auténtica raza lateral férreo y de proyección atacante se caracterizaba por su lenguaje sincopado y gestual, llevando a sus compañeros en volandas hacia la victoria con su proverbial aliento y entusiasmo. Frente erguida, recio en el ímpetu castrense de: “Prietas las filas, firme e impasible el ademan”.

Ernesto Aparicio lució con gallardía los colores amarillos y por sus desvelos hacia nuestro club estará con Juanito Guedes entre los Dioses del Olimpo.

Ernesto Aparicio no necesitó nunca del verbo fácil ni la lisonja para ser respetado por todos los estamentos del club.

En Aparicio no ha existido nunca la mera declaración de intenciones. Su lenguaje visceral y espontáneo quedaba muy lejos de la impostura y el falso glamour de nuestros días. Nuestro eterno capitán hacía de su respuesta elíptica o silencio un dogma de fe y de cada uno de sus movimientos una pausa vital y evangélico. Porque ya se ha dicho que pasamos los días en constante convivencia con nuestras palabras y nuestros silencios y difícil es distinguir quien influye o predomina más en nosotros, aquel que sabe verbalizar con facilidad o el que mira en su interior y no encuentra vocablos para explicar lo que realmente siente dentro de él.

Hoy, donde tanto prevalece la egolatría y hueca vanidad Ernesto Aparicio nos dejó un claro ejemplo haciéndonos ver que la capacidad de amar a un club se manifiesta más en las acciones encubiertas y la abnegación y entrega a una causa están muy por encima de los vocablos y la política de gestos.

Notario y receptor fiel de tantas cuitas y confesiones, había tenido siempre presente sin saberlo los versos del poeta existencialista Fernando Pessoa: “Ya vi todo lo que nunca había visto, ya vi todo lo que no he visto y oído”, que sabiamente y de forma pragmática, Jesús García Panasco había sintetizado transcribiéndolo por: “ver, oír y callar”.

Porque Aparicio ya no era solo Aparicio sino que había heredado todo un legado prehistórico y conocía a todos aquellos insignes prohombres que el siempre nombraba con legitimo orgullo: Jesús García Panasco, Carmelo Campos, José y Lázaro Guerra…

Y un largo número de figuras relevantes que por su loable y meritoria labor son claros referentes de la entidad.

Aunque de otra generación llegando a heredar, el brazalete de capitán que él había llevado durante tantos años con el máximo orgullo, sentía hacia Juanito Guedes auténtica veneración.

A Ernesto Aparicio y el que suscribe nos costaba conciliar el sueño y solíamos conversar en la terraza o Hall del Hotel hasta bien entrada la noche.

Muy temprano en la mañana oía sus inconfundibles pasos y sabia que se encontraba allí, en su lugar preferido del salón, reflexionando sobre la difícil jornada que se avecinaba. Horas mas tarde le acompañaba en el autobús al Estadio, donde en ceremonioso ritual, antesala de lo lírico, colocaba con esmero y celo cada prenda impregnándolas de un fragante aroma.

Me admiraba el conocimiento que Ernesto Aparicio tenia sobre todas las ciudades de la geografía peninsular y no digamos los recintos deportivos, desde terrenos rurales donde pastaban los animales a recintos consagrados como San Mamés, Nou Camp, Santigo Bernabeu, Mestalla…

Porque Ernesto Aparicio nos enseñaría no sólo a querer y amar al club, sino lo que es más fundamental aprender a cómo aprender a quererlo y amarlo.

 

 

Juan Guedes en el pensamiento

 

 

Las horas de irreprimible hastío en el avión suelen ser cansinas y lentas pero hablando con Aparicio todo se hacia más corto y llevadero. Las distendidas charlas en las terrazas o hall del hotel al caer la tarde eren sumamente agradable mientras Ernesto Aparicio estuvo en el club. Aunque aún era relativamente joven y vigoroso solía con frecuencia repetir los mismos temas. En su pensamiento siempre estaba presente Juanito Guedes.

Yo sentía predilección por la figura de Juan Guedes y sus comentarios me apasionaban hasta que llegaba el relato de su fallecimiento y los últimos días vividos junto a él en le Clínica Santa Catalina. Ponía tanto énfasis en su narración que era como si estuviera presente aquel fatídico 8 de marzo cuando el inolvidable seis amarillo nos decía adiós para siempre.

“Desde que lo vi por primera vez llegar al Estadio Insular y Casimiro Benavente lo fue presentando a todos los compañeros sentí una corriente de simpatía hacia aquel muchacho que no me abandonaría nunca. Era como si lo conociera de toda la vida y desde aquel mismo momento me propuse ayudarlo en todo lo que fuese menester. Cuando llegó era aún juvenil y al principio era un chico reservado y respetuoso con los veteranos.

Hay que entender que en aquella plantilla figurábamos futbolistas como Ciaurriz, Nelly, Rusiñol, Gámiz, Abietar, Erasto, Juanas, Espino, Samblas…

Habíamos regresado a Segunda División y vivíamos un mal momento a todos los niveles. Los nervios estaban a flor de piel y los encontronazos eran frecuentes.

Juanito Guedes comenzaría a jugar en la medular y ya dese el primer encuentro en el Alfonso Murube que aquel chico llegaría lejos en este deporte.

De igual forma me impactó aquel joven tan reservado y educado.

Podía transformarse en el campo en un jugador contundente y arrollador.

No digamos los pases que daba cuando se retrasaba a mi demarcación. Era lanzamientos milimétricos que yo no había visto nunca en nuestro equipo. Posiblemente haya sido el jugador que más me ha impresionado en su debut.

Yo solía compartir habitación con Espino porque ya habíamos jugado en Primera División y te lo pasabas muy bien con su forma de ser y salidas de tono. Cuando realizamos nuestro primer viaje Espino me dijo que le había pedido a Casimiro Benavente que lo pusiera en su habitación ya que quería protegerlo de algunas bromas que solían dar los veteranos. Santiago Espino se tomó tanto interés en el chico que no lo dejaba solo ni un momento advirtiendo a los compañeros que no quería bromas respecto al chico ya que de lo contrario se tendrían que enfrentar a él.

Espino era un hombre rudo, del campo y tenia mucho carácter tanto dentro como fuera de la cancha de juego.

Yo solía unirme al grupo y muy pronto nacieron entre Juan y yo unos lazos afectivos que perdurarían hasta su fallecimiento.

A la temporada siguiente tras el cese de Casimiro Benavente entraba Paco Campos quien le daba la oportunidad a Tonono, un chico que había venido destacando desde hacia tiempo. Juanito Guedes y Tonono se conocían de la Selección Juvenil y de jugar cuando niños por la zona norte.

Sin embargo, Tonono era diferente y aunque eran muy amigos, en vacaciones prefería quedarse en Arucas. Juanito Guedes, Ulacia y yo nos gustaba mucha el mar y la pesca.

El único que entendía realmente en lo referente a pescar era Ulacia. Tanto Juan como yo ayudábamos en los preparativos. Juanito Guedes nadaba estupendamente y se tiraba de cualquier roca o muelle al mar, por alto que fuese. Lo pasábamos en grande y nos reíamos mucho. La gente en la isla de Lobos era muy cariñoso con nosotros y nos trataban como si fuéramos celebridades de la gran pantalla.

Concluido los entrenamientos de la mañana se marchaba en le coche de Espino a visitar a sus padres en el Carrizal donde comían o al Alto de los Leones. Donde vivían sus padrinos.

En la temporada 1963-64 Espino fichaba por el Ceuta y ya Juan y Tonono que continuaban solteros se harían inseparables. No obstante, mi esposa Mercedes y yo solíamos pasar a recogerlo para ir al cine que era de nuestros pasatiempos favoritos.

Algunos suelen argumentar que Juanito Guedes fue haciéndose como jugador a base de partidos, constancia y esfuerzo. Yo entiendo que se equivocan totalmente.

Soy de los que pienso que un jugador nace y él era un verdadero fuera de serie desde que llegó al club. Prueba que llegó al club. Prueba de ello es que fue el único jugador de aquella Selección Juvenil que seria llamado por el seleccionador nacional.

Recuerdo que también sería premiado como el mejor jugador juvenil y el mejor deportista del año. Luego, campeón del mundo militar con solo veintidós años.

A comienzos de los sesenta muchos fueron capitanes del equipo. No había un jugador con ese cargo: Gamiz, Rios, Nelly y yo. Éramos los más frecuentes tras la baja de estos jugadores el club consideró que yo fuera capitán y creo que he sido el jugador con mas partidos como capitán. Yo asumí a todo lo relacionado con las actas arbitrales y trataba en todo momento de dar ánimo a mis compañeros. Sin embargo, en otros menesteres Juan llevaba las riendas ya que tenia una facilidad especial para mediar entre jugadores y club y tenia una personalidad muy acusada. A mi me quitaba un peso de encima ya que tenia un temperamento muy fuerte. De igual forma cuando juegas en defensa estas continuamente siendo vigilado y yo solía entrar duro al balón. Recuerdo la alegría de Juan cuando recibí el homenaje ante el Liverpool. Yo causaría baja en la U.D. Las Palmas antes de sus intervenciones quirúrgicas y dadas su gravedad me ofrecí a permanecer con él en la clínica. Es verdad que con posterioridad don Jesús me lo pediría personalmente pero yo ya me había ofrecido previamente.

Aquellos dos meses fueron los peores de mi vida.

El tener conocimiento de la incurable enfermedad ya te restaba animo y te veías obligado a fingir, algo realmente difícil cuando se siente un inmenso dolor.

Apenas dormía y veía como se iba debilitando día a día. Aquel jugador y mejor amigo que con una figura que impresionaba en todos los campos de España había perdido tanto pero que no lo reconocía.

Yo tenia que sacar fuerzas de flaqueza y darle ánimo sin separarme de su cama. Los últimos días fueron realmente dolorosos. En aquellos años no había medios para aquella enfermedad y paleativos o la unidad de dolor brillaba por su ausencia.

Juanito Guedes sufrió lo indecible hasta su último suspiro que lo pudimos oír todos los que nos encontrábamos en la habitación.

Fue un respirar hondamente y luego expulsar el aire.

Su rostro perdía aquel semblante agónico y sus facciones se dulcificaron. Era el Juanito Guedes de siempre pero en contraposición ya había fallecido.

Nunca me he sentido peor entre el inmenso dolor y el cansancio y nervios acumulados. Le he preguntado muchas veces a Dios la razón de tanto sufrimiento pero aún sigo sin encontrar la respuesta.