El autor

ANTONIO DE ARMAS DE LA NUEZ

Consejero e Historiador oficial de la UD Las Palmas

 

 

ANTONIO DE ARMAS, VERDADERO PRECURSOR DE NUESTRA CONCIENCIA HISTÓRICA

 

 

 

AL AUTOR

Diego de Vicente

 

 

La figura de Antonio de Armas no necesita presentación, ni resaltar sus excelencias y logros a lo largo de su dilatada trayectoria en el club.

Su laborioso y arduo trabajo en la entidad amarilla es sobradamente conocido y ya es patrimonio de todos los ciudadanos que aman profundamente esta institución.

 

Antonio de Armas figura ya entre aquellas personas relevantes que han dejado una huella indeleble en muchas generaciones de grancanarios.

He pensado que estas líneas no deben ir encaminadas prioritariamente a su inmenso legado y currículum sino a otros aspectos menos conocidos que engloban su personalidad.

Para algunos que no le conocen Antonio de Armas puede parecer un erudito narrador omnisciente, un orador notable y enciclopédico que se prodiga desde una óptica elitista con vocablos culteranos.

Cuando tuve la gran suerte de conocerle personalmente tengo que confesarles que me llevé una enorme sorpresa por su sencillez y humildad. No obstante, los seres humanos somos proclives a prejuzgar y a establecer conclusiones sin el menor conocimiento de causa, configurando criterios erróneos que pueden dañar sustancialmente a personas de bien.

Ya sabemos todos cual es nuestro pecado capital con todos aquellos que destacan o aportan algo nuevo a lo ya existente.

 

Antonio de Armas ha argumentado siempre ser un inveterado lector, y como él suele decir no se le puede exigir que cambie su erudición o personalidad ya que ello implicaría desnaturalizarle y anular su genio creativo.

Comparto la preocupación del escritor peruano Vargas Llosa sobre la banalidad de la cultura.

Antonio de Armas comenta con frecuencia que toda la historia documentada del club y su correspondencia epistolar son como un ancho río que confluye en las profundidades de un inmenso océano como son sus archivos.

Antonio de Armas abriría nuevos cauces de investigación no explorados y de ahí su eclosión y emergente popularidad en aquellos años.

Recuerdo que yo aún era apenas un adolescente y que nunca había vivido un boom de tal magnitud en lo que se refiere a la historia del club. En aquellos años todo se circunscribía al día a día de la entidad cuando de pronto, se produce un auténtico resurgir de nuestra historia que da lugar a un fenómeno de masas. Efervescencia emocional y pasional.

 

No sólo fueron los volúmenes publicados por primera vez sobre la historia del club, sino el sacar a la luz documentos tales como la moción de Manuel Rodríguez Monroy,  el Acta Constitucional recogida del club Deportivo Gran Canaria, la correspondencia epistolar, el mobiliario, los libros de actas del club inéditos para el gran público desde la propia fundación, las fichas de jugadores, técnicos, empleados y socios del club y los contratos e informes custodiados celosamente por su persona. Fue toda una verdadera epifanía o revelación que permanecía sepultada desde 1949 en las propias entrañas de la institución.

Todo parecía salir gradualmente a flote.

Aquellos jugadores que llevaban muchos años ocultados salían de nuevo a la luz.

Un inmenso caudal de fotografías eran rescatadas por vez primera.

Como él solía decir: “la fotografía inmortaliza un momento supremo que queda suspendida en el tiempo”. Los tomos de Alfonso Quiney y Chacón, que él había ayudado a gestionar y trasladar a la sede con gran dedicación y esmero tenían la posibilidad de ser contemplados por el gran público.

Los jugadores fundacionales y miembros de la antigua Ponencia de Fusión y Gestora comenzaron a salir de su ostracismo y empezaron a aparecer en los diversos medios de comunicación despertando de muchos años de letargo, de un sueño casi eterno.

Las exposiciones fotográficas y museos itinerantes sobre la vida de la U.D. Las Palmas se exponían en vitrinas para el conocimiento general. Muy pronto saldrían a la luz toda una serie de documentales sobre la vida del club asesorados y fiscalizados por el autor.

Numerosos trofeos y objetos perdidos que se hallaban sumergidos en las profundidades del mar volverían de nuevo a emerger ocupando sus viejas vitrinas. Las sombras daban paso a la luz.

 

Todos estos logros, si en realidad somos justos, nobles y sinceros, se debieron a la iniciativa de una persona de mente preclara en aquellos momentos de ocultismo y desconocimiento profundo de nuestra historia.

Antonio de Armas nos reuniría a todos en torno a una causa común: La U.D. Las Palmas.

Recuerdo que el Real Club Náutico de Gran Canaria, al que solía acudir con mi madre, al tener conocimiento de aquella profunda metamorfosis que experimentaba la historia del club pidió por medio de Germán Luzardo una reunión con Antonio de Armas, con la finalidad de dirigir una comisión a efectos de reivindicar la histórica Asamblea Magna del Real Club Náutico de Gran Canaria donde se constituyó la U.D. Las Palmas, colocando una placa de mármol conmemorativa del acto.

A los pocos días impartiría el autor una conferencia realmente magistral en el Real Club Náutico que registró un lleno apoteósico con un público enfervorizado que le dedicaría una prolongada y cálida ovación. A partir de esa fecha, Antonio de Armas y el Real Club Náutico de Gran Canaria, mantienen unos lazos indisolubles, siendo numerosas las intervenciones del autor en dicha institución.

Tras su fulgurante y meteórico ascenso y las muestras de afecto de la masa social hacia su persona son muchos los que hemos querido acercarnos a su figura.

 

UNA DE LAS MUCHAS CONFERENCIA DE ANTONIO DE ARMAS EN EL REAL CLUB NÁUTICO

 

Debo reconocer que Antonio de Armas ha ejercido desde un primer momento una profunda influencia en mi forma de narrar y mi inusitado interés por la historia de la entidad y por la literatura. Desde adolescente me movía la ilusión de conocerle personalmente. No era extraño que recopilara todos sus artículos, grabaciones, documentales o libros. De igual forma que asistiera a sus numerosas conferencias, siempre rodeadas de una gran expectación como no había presenciado antes por importante que fueran sus ponentes. Su poder de convocatoria me llamaba poderosamente la atención, ¿qué había detrás de aquella persona de serio semblante y sofisticados modales?

Yo era aún muy joven  pero aquella persona de intuitiva y lúcida prosa me trasladaba a un mundo literario que siempre había estado muy latente en mí.

Pude comprobar que ambos teníamos muchas cosas en común.

Antonio de Armas no era un hombre de fútbol al uso, sino un excepcional profesor de lengua inglesa dado sus años de estudio y estancia en aquel país.

 

En algunos casos puntuales pienso que he podido convertirme en una especie de epígono o alter ego del autor. Si esto fuera así, lejos de incomodarme, para mí constituye una gran satisfacción y legítimo orgullo poder decir que he bebido de sus fuentes.

Muy lejos queda en el tiempo el día que tuve por fin arrestos para decidirme ir a visitarle personalmente en la sede social de Pio XII.

Aquel hombre sereno y de hablar pausado que había compartido escenario con el mismísimo premio Nobel de Literatura José Saramago, en una conferencia sobre los medios gráficos, en el auditorio de Los Jameos de Agua, acudiendo personalidades de todo el mundo. Antonio de Armas estuvo aquel día más inspirado que nunca, siendo elogiado por toda la prensa y por el propio José Saramago quien le ofrecería compartir mesa y mantel una vez terminado el acto en una cena inolvidable y perdurable.

Aquella persona que tenía frente a mí era la misma que había divulgado la historia de nuestro club con cerca de trescientas conferencias por muchas universidades y lugares emblemáticos de la geografía peninsular y el archipiélago, pero también en pueblos rurales y humildes donde a su lado pastaba mansamente el ganado.

Auténtico pionero, no solo, de editar en volúmenes perfectamente documentados la historia del club sino uno de los primeros en publicar libros gráficos en todo el fútbol nacional desde hace décadas y que había catalogado página a página toda la documentación del club, trabajo que le llevó quince años en los sótanos de la entidad bajo la luz de un bombillo que colgaba de un hilo al vaivén del viento. Creía que era una persona distante y como suele suceder en estos casos con ese prurito de vanidad. Nada más lejos de la realidad.

Mi sorpresa sería mayúscula e impactante. Me encontré un hombre retraído, de gran timidez y de voz tenue, casi almibarada y exquisita educación. Tenía algo de la Britania victoriana. Desde un primer momento se desvivió por atenderme y mostrarme el importante patrimonio histórico del club. Su mesa de despacho era la de siempre. Aquella que un día el Club Deportivo Gran Canaria cedería a la U.D. Las Palmas junto con todos sus trofeos y pertenencias tras la fusión de los clubes históricos. Estaba repleta de libros y fotos en perfecto ‘desorden’. Solo él sabía dónde estaba cada objeto. A su lado sus famosas gafas de sol que le servían para protegerse de su dañada retina, y una lupa de gran aumento que le ayudaba en sus lecturas.

Persona sumamente generosa que me facilitaba todo lo que le pedía como parte de su obra, y de paso algunas entradas para mi familia.

Como todo hombre sabio no hablaba de sus logros. Prefería escuchar con suma atención, aunque sus pensamientos parecían volar a otra realidad de su prodigiosa fantasía.

Cuando le dije que había escrito y hablado mucho sobre su persona enseñándole algunos de mis artículos, pareció ruborizarse exclamando: “escribe usted muy bien. Aparte de su fluidez léxica tiene usted una tendencia onírica en su prosa y excelente adjetivación que ya es mucho en nuestros días. Pero no abuse de ella. La escritura es como todo en la vida. Según vas adquiriendo madurez vas abandonando las frases largas y la adjetivación excesiva”.

Luego quedé atónito cuando me sugirió con voz apagada: “¿tendría usted la amabilidad de dedicarme sus artículos? Me gustaría conservarlos. Su narrativa es muy buena”.

En ese momento me di perfecta cuenta de su gran valía. Aquel hombre encarnaba los viejos valores del humanismo: ¡qué gran clase la suya!

 

No es necesario significar que quedé conmovido con aquella visita. Al despedirse me dio la tarjeta con su teléfono que le había pedido previamente; luego exclamó: “puede usted llamarme cuando lo tenga a bien. Trate de seguir el camino recto y cuide de su familia. La bondad es una de las raíces morales de la inteligencia, y no olvide que tiene un efecto multiplicador”.

 

Con el transcurso de los años me trasladaría a Valencia manteniendo contacto con él cada vez que la U.D. Las Palmas se enfrentaba a los equipos de la capital del Turia, como eran el Valencia y el Levante. Pude comprobar en la recepción de los hoteles el respeto y la admiración de los directivos valencianos hacia su figura. Nunca un gesto displicente o una mala palabra o acción. Siempre solícito y atento solía cuidar el más mínimo detalle a su alrededor.

La reputación de la entidad siempre era lo primero en su jerarquía de valores.

Un día, al hacerle esa observación sobre su conducta, mirándome fijamente a través de sus gafas de sol, me diría: “mira Diego, la institución ha sido siempre para mí una especie de sacerdocio y deben prevalecer los códigos de conducta y buenas formas. Para mí no es un sacrificio. De niño ya leía Oráculo manual y arte de prudencia de Baltasar Gracián, y como bien sabe todos somos productos de nuestras lecturas”.

Pero el tiempo que todo lo transforma ha ido haciendo mella en su delicada salud y su retinopatía galopante ha afectado sustancialmente su campo de visión.

 

En mi último viaje a la isla con motivo del triste fallecimiento de mi hermano Nicolás, le llamé para comunicarle la impactante noticia. Antonio de Armas hacía días que había salido del hospital por una insuficiencia coronaria, pero allí estaba ante mí para darme su sincero y sentido pésame. En su mirada reflejaba cansancio y en la penumbra de la noche se agudizaba notablemente su falta de visión no reconociendo a nuestros amigos comunes que le saludaban a una determinada distancia. Al preguntarle por su estado de salud me hizo un gesto de resignación: “mira Diego, ya el poeta francés Charles Baudelaire nos decía que todo cambio era diabólico, no obstante cuando vas cumpliendo años tenemos que aprender a ver las cosas con naturalidad. No quiero hacer apología del fracaso o del drama, acepto la vida como viene. Siempre hay motivos para mantener la ilusión. Ya no puedo leer con la facilidad de antaño pero sabes que soy un melómano impenitente y disfruto con los clásicos y con el Bel Canto. Perdona que hoy esté tan monocorde y reiterativo con las citas de mis escritores preferidos pero con respecto a tu pregunta sobre mi estado de salud me vienen a la memoria las palabras del gran Juan Ramón Jiménez en su segunda época:

 

 

“Hemos vivido. Sí…

Pero no hemos sabido

detener el tiempo”

 
 
 
 

Era mi querido amigo Antonio de Armas en su más pura esencia

Diego de Vicente